Etapa 5: De Grenada a las ABC

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Salimos de Prickly Bay bien entrada la tarde, caía el sol y el cielo se teñía de preciosos colores pastel. Por proa teníamos unas 400 millas hasta la isla de Bonaire. Esta travesía se planteaba con otras dificultades y peligros, que la mera navegación marítima. Hacía una semana habíamos conocido a un navegante asturiano que aseguraba haber sido perseguido en dos ocasiones distintas por dos barcos de pesca en la travesía entre Grenada y Trinidad, a menos de 30 millas de Grenada; aparentemente barcos venezolanos. Además, nuestro recién conocido de Cádiz en Grenada José, nos había contado intensas y horribles historias sobre su desafortunado acercamiento a la costa venezolana, donde las mismas patrulleras gubernamentales representaban el mayor de los peligros. En nuestros planes de viaje habíamos incluido Los Roques, famoso paraíso sin igual en el Caribe. No obstante, esa semana hubo algunos problemas en el continente que afectaron también a este archipiélago venezolano, hasta entonces a salvo de las atrocidades que pasaban en las principales ciudades del país. Hasta tal punto afectaron a Los Roques que las empresas turísticas estaban devolviendo el dinero a los turistas aconsejándoles que no fueran hasta que las cosas se arreglasen. Pese a que unas semanas más tarde Los Roques volvía a estar relativamente “en paz”, decidimos con tristeza pasar francos a su costa y evitar posibles encuentros desafortunados con las autoridades.

Por estas razones, y según los consejos de quienes conocían esas aguas, queríamos pasar al menos a 60 millas de territorio venezolano, sin luces de navegación y sin emitir ninguna señal de AIS para evitar a toda costa las posibilidades de ser detectados. Algunos decían: “-Si ves un barco, izas todo y motor a fondo…” Estas eran las directrices.

Veinticuatro horas después de zarpar cayó el viento casi por completo, aunque la mar seguía agitada y crecida. La situación era verdaderamente incómoda y Eugenia estaba algo más que mareada, así que arranqué el motor para mantener el barco a una velocidad más cómoda. Pocos minutos después bajan las revoluciones, vuelven a subir, un ruido grabe y sordo y motor parado. Intenté arrancarlo de nuevo pero con el mismo resultado. Aparentemente, un problema en la admisión de gasoil hacía que no entrase suficiente para mantener el motor en marcha. Bajé, quité la enorme y pesada tapa de la sala de máquinas y me metí entero para buscar dónde había una obstrucción. Al parecer, el tanque estaba excesivamente sucio porque nunca se había limpiado y entre el malísimo gasoil de Union Island, el ajetreo de las olas y el alguicida que le había metido, se desprendió el hongo pegado en las paredes y obstruyó gravemente todo el sistema de admisión. Intenté purgar todos los tubos hasta el motor, el prefiltro, el filtro del motor… todo lo que pude. Estuve unas cuatro horas entre chupar gasoil de los tubos, vapuleando filtros i vomitando. Pero nada, cuando parecía llegar gasoil de nuevo, se volvía a taponar. El tanque (de 850 litros) no tenía ningún registro y de haberlo tenido tampoco hubiera podido abrirlo debido a las condiciones de la mar, así que mi única opción era purgar una y otra vez para intentar sacar toda la porquería “gorda” que pudiese. Sin embargo, no lo conseguí con éxito. Para más inri, el motor del Cythere no tiene bomba de auto-cebado, así que la cosa se complicó cuando me di cuenta que incluso llegando gasoil el motor no arrancaba; había entrado demasiado aire en el circuito. Debido a que mis conocimientos de mecánica dejan mucho que desear y que ese motor era nuevo para mi, no fui capaz de arrancarlo de nuevo, dejándonos delante de la costa venezolana, sin viento y sin motor. Me arrepentí enormemente de no tener un par de bidones de gasoil para emergencias, como siempre solíamos tener en el Infinito. Con ellos hubiera podido improvisar un tanque de respeto, conectando allí tanto el tubo de entrada como el de retorno.

Al poco rato, un agradecido Alisio volvió a empujar al Cythere velozmente entre las olas, que seguían crecidas y rompientes. Habiendo dado por perdido el tema del motor, seguimos sorteando territorio venezolano rumbo Bonaire.

Dos días y medio después de nuestro zarpe de Grenada, avistábamos ya Bonaire, estando a pocas millas de su costa, con 40 nudos de popa, sin motor y sin ninguna idea de como conseguir amarrar en una de las escasas boyas dispuestas para el amarre de transeuntes. Dado que Bonaire es un paraiso natural sin igual, el fondeo está prohibido en toda la isla bajo penas graves y cuantiosas multas para aquellos que pretendan usar el hierro. Así que de aguna forma, debíamos llegar hasta la bahía de Kralendijk situada a sotavento de la isla y más o menos a la mitad de su longitud. Frente de esta bahía se encuentra la isla deshabitada de Klein Bonaire, que es un espacio totalmente protegido donde anidan aves en peligro de extinción, peces espectaculares y demás fauna autóctona. Acercarnos a la bahía no resultó difícil, a pesar de la rabiosa ceñida que, con esos 40 nudos, se hizo agotadora. El problema era la fuerte corriente que nos derivaba directamente hacia la coralina y blanca playa de Klein Curaçao. Mientras yo hacía bordos como un loco, deteriorándome cada vez más debido al cansancio acumulado, Eugenia intentaba por todos los medios comunicarse con los responsables de las boyas, con el Club Náutico o con la oficina de la marina de Harbour Village. Ninguno de ellos respondía.

Al cabo de unos intentos, nos respondieron desde otro velero amarrado en las boyas. Nos dijeron que, al ser domingo, nadie nos iba a contestar y menos ayudar. Nuestro interlocutor se ofreció a ayudarnos con su dinghy si nos acercábamos lo suficiente a la única boya que quedaba libre. Así que debíamos hacer puntería, ciñendo a rabiar contra un fuerte viento, a una boya que no estaba más alejada de la playa que unos escasos diez metros. Intentamos durante una hora y pico acercarnos a las boyas, pero las posibilidades de fallar y terminar clavando la proa contra Bonaire o contra algún otro velero amarrado eran demasiado altas. Así que nos acercamos lo máximo que pudimos hasta que de dos veleros salieron dos semirrígidas en nuestra ayuda. Uno de ellas, por suerte, equipaba un potente motor. Nos acercamos casi hasta la línea de boyas, pero la que quedaba libre estaba totalmente inaccesible para entrar a vela, así que hicimos un último bordo hacia el N, en demanda de la bocana de Harbour Village Marina.

A pocos metros de la bocana, dimos cabos de remolque a las dos embarcaciones y arriamos todo. Los pequeños motores sacaban la lengua, pero consiguieron remolcarnos lo suficiente para poder arrumbar hacia el interior de la marina. Hubieron momentos de tensión, más tensión si cabe, cuando una fuerte racha de viento puso en jaque la situación, haciéndonos derivar rápidamente hacia el contradique, donde se encuentra un bonito restaurante temático que simula estar montado sobre la cubierta de una réplica de un antiguo galeón que parecía embarrancado. Siendo domingo y casi la hora de comer, las mesas estaban debidamente montadas a la espera de los comensales. Al ver las 19 toneladas del Cythere derivando hacia su terraza, los camareros (que hasta el momento se estaban mirando la situación con la típica postura caribeña) corrían ajetreados desmontando las mesas y sillas más próximas a la orilla, creo que nunca habían corrido tanto en su vida, parecía una competición de ver quién desmontaba más rápido. Los motores rugían y poco a poco consiguieron avanzar unos metros, pero no suficientes cuando apretaba la racha. En esos momentos se tenía que tomar una decisión, no había posibilidad de fallo. Solo una oportunidad. Largué de golpe algunos metros de estacha, permitiendo a las semirrígidas avanzar rápidamente hasta alcanzar el muelle. Una vez allí, justo antes de que el Cythere abordara al galeón, pudieron encapillar el remolque en dos bolardos. En ese momento hice firme y tiramos todos con todas nuestras fuerzas. En esos momentos, cuando ya estábamos tan agotados que nos costaba respirar, Eolo nos hizo un regalo y dejó de soplar durante unos preciosos treinta segundos en los que pudimos amarrar el Cythere.

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Cythere por fin amarrado en Harbour Village Marina
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Eugenia y Mia en Harbour Village Marina
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Atlas aprovechando las palmeras para limarse las uñas.
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Lo primero que hace Tritón al pisar tierra.

Después de hacer los trámites de entrada al país tuvimos que negociar el precio del amarre con el director del puerto (ya que al parecer nos habíamos amarrado en el atraque más caro de la marina), finalmente conseguimos que nos cobrara el precio de un amarre normal para que pudiéramos hacer las reparaciones que hicieran falta.

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Cerveza y comida caliente en Bonaire

Una vez en la tranquilidad de un amarre, estuve estudiando la situación. Parecía que se había obturado la admisión en bastantes puntos. Los tanques deberían estar terriblemente sucios y seguramente bastante vacíos, así que también estaban fallando el indicador de nivel de combustible y los cálculos que me había dejado el antiguo armador sobre consumos. Al parecer se dejó una página y no había precisamente 425 litros en el tanque.

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El viejo gasoil de los tanques a la espera de encontrar algún sitio donde lo filtrasen. Finalmente lo tuvimos que tirar en la planta de reciclaje de hidrocarburos de la marina de Curaçao. Valía más encender la máquina filtradora que comprar el gasoil.

Vista la imposibilidad de encontrar materiales fácilmente en la isla y a mi irritante escaso conocimiento mecánico, tuvimos que recorrer a un mecánico local. Simpatiquísimo él y su ayudante venezolano con el que pasamos largos ratos charlando. Su ayudante, que parecía ser el mecánico de los dos, purgó todo el sistema después de varias horas peleándose con filtros y prefiltros, limpió los inyectores y cambiamos el tubo de admisión. Vista la suciedad que había, debíamos limpiar el tanque de gasoil para que no se volviese a obturar. Como el tanque no tenía registros decidimos abrir tres repartidos por toda su eslora. El ayudante los vació con una bomba, sacando de ellos unos escasos 100 litros y el mecánico jefe agarró con fuerza una radial y empezó a abrir el primer registro. El resultado fue tan desastroso que les dije que los dos restantes los haría yo mientras ellos iban a hacer las tapas. Gracias a eso tenemos dos registros rectangulares y uno geoide. Acabados los trabajos, pagamos la astronómica cifra que nos pedía el mecánico y su ayudante y decidimos que no había otra alternativa en adelante que comprar alguna que otra herramienta más y aprender mecánica. Era una situación complicada, seguramente hubiéramos tardado más de una semana en poder conseguir los filtros y el inoxidable para las tapas y eso nos hubiera salido más caro que el mecánico, así que no había alternativa barata en Bonaire.

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Mientras hacíamos reparaciones, los marineros de HVM encontraron a Tritón jugando con un flamenco muy joven. Lo llevaron a su taller donde lo vendrían a buscar al cabo de un rato los de conservación de especies autóctonas de Bonaire. Lo primero que hicieron es venir a buscar a Eugenia por si quería hacerse una foto con el animal.
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Con la factura del mecánico en la mano. No se podía poner mejor cara.

Una vez operativos, cargamos algo de diesel y nos trasladamos al campo de boyas. Desde allí pudimos hacer algo de turismo, visitar Klein Bonaire y hacer nuevos amigos.

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La mayoría de playas en Bonaire no tienen arena, sino coral, literalmente.
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Klein Bonaire
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Paseo por las paradisíacas playas de Bonaire, forradas de coral.
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Dibujos con trozos de coral en Klein Bonaire

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Zarpamos de Bonaire rumbo Curaçao a primera hora de la mañana, con una fresca brisa que nos empujó rápidamente hasta nuestro destino final.

Todo iba bien hasta la entrada de Spanish Waters, un canal estrecho y serpenteante que conduce a la bahía interior de Spanish Waters, situado también en la banda de sotavento de Curaçao. Spanish Waters o localmente llamado Caracas Bai es el único fondeo seguro de la isla, donde muchísimos cruceristas pasan la temporada de huracanes debido a la protección que ofrece.

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Al acercarnos a la Punta de Santa Bárbara, vimos claramente como la entrada visible del canal no es toda practicable debido a la existencia de bajíos peligrosos que limitan la entrada en una estrecha franja en el centro. Con el motor ya encendido y a pocos metros de la entrada, arriamos la génova y justo en ese momento las revoluciones del motor bajaron de golpe y éste amenazó con pararse. En esos instantes, con fuertes temblores de manos y piernas, con un viento fresco de popa y poco espacio para maniobrar, me veía de nuevo sin motor en una situación en la que seguramente acabaríamos en las piedras. Envié a Eugenia y a su ya crecida barriga a preparar el fondeo por si debíamos largar el hierro de urgencia para evitar la caída hacia las rocas. De todas formas, y aunque el motor dio algún que otro susto más durante nuestra entrada, pudimos pasar por la estrecha bocana. Una vez dentro del canal, con la mar en calma y en la seguridad del sotavento de Santa Bárbara, el motor se comportó bien hasta llegar al fondeadero. Seguramente quedó alguna burbuja de aire en la admisión. Malditos mecánicos.

Y ¡qué sorpresas dan las travesías! Durante la entrada por el canal recibimos una llamada de Alfred, que estaba en la isla y que nos había visto en su receptor de AIS y se ofrecía a ayudarnos a buscar un buen sitio para fondear. Al entrar en Spanish Waters ¡empezamos a identificar barcos de amigos! Estaba Alfred agitando los brazos a bordo de su dinghy,. También estaba Greg fondeado cerca. Más a sotavento el Catamarán de José, el loco aventurero que habíamos conocido en Grenada y que nos contó luego sus aventuras para llegar a la isla incluyendo otra paradita desafortunada en Caracas y el porqué lo estaban intentar echar de Curaçao. También una pareja de ancianos, a los que no conocíamos, que nos saludaban desde la cubierta de su Endurance 40 sorprendidos y contentos de ver otro Endurance y con los que nos hicimos amigos enseguida. La recepción de Curaçao fue fantástica y estuvimos las siguientes horas y días de barco en barco tomando cerveza Caribe, escuchando y contando aventuras después de tantas semanas sin ver a tantos amigos que no esperábamos volver a encontrar.

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Campamento base para charlas, tertulias y wifi gratis en Curaçao.

 

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