“Martinique te atrapa”

Martinique se había convertido en nuestro nuevo hogar. El trabajo no faltaba en la familia, entre visitas continuas a la ginecóloga, traslado de cajas y pertrechos al nuevo barco, cenas infinitas con amigos nuevos que se juntaban con viejos amigos de Canarias o Cabo Verde.

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Los aires cálidos siempre le sientan bien a Eugenia, con el Cythere al fondo amarrado en Le Marin, Martinique.

Durante semanas, nuestro objetivo principal era aprovechar la ocasión para trasladar todos los equipos que habíamos instalado en el Infinito para reinstalarlos de nuevo en el Cythere y arreglar todas las pequeñas cosas que habían surgido durante el cruce para poder vender el barco sin taras ni desperfectos mayores. Eso significaba desinstalar y deshacer, en el mínimo tiempo, muchísimas de las cosas que habíamos estado preparando durante dos años en Barcelona y teníamos que aprovechar al máximo el tiempo que los antiguos armadores habían dejado pagado de amarre.

 

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El toldo nos da la vida, según Tritón.

Martinique: punto de encuentro

A pesar de todo, nuestra estancia en Martinique fue prácticamente familiar por la cantidad de amigos que encontramos allí y por toda la gente nueva que conocimos.

Poco después de llegar nos reencontramos con Juan Ferrari, amigo de Barcelona que había llegado a la isla una semana antes que nosotros y que, afectado por una severa meningitis, fue ingresado durante 27 días en el terrible y ruinoso hospital de Le Marin. Al llegar nosotros a Martinique y saber del ingreso de Juan intenté visitarle en el hospital (y escribo esto porque no quisiera pasar por alto ni olvidar las escenas vividas en el intento). Entré en la lúgubre entrada del hospital, presidida por una enorme cabina de cristal donde se sentaba un pequeño y flacucho señor, con la piel oscura y un enorme bigote coronado con una vieja gorra de plato ocho tallas más grande. De puntillas y casi trepando el alto mostrador cometí de nuevo el error de siempre: –Do you speak english?- No hizo falta ninguna respuesta verbal ya que la expresión grave de ese señor valía más que mil palabras. Así que en mi francés macarrónico intenté de nuevo una frase algo así como: –Bonjour! Salut! mon ami est à l’hôpital!- Su cara no se movió, solo sus ojos hacia una pantalla. –Prenom?– Y aquí ya me pilló… -¡Juan!- a lo que contestó: –“Juan” est le nom de famille?- A lo que rectifiqué rápidamente: -No, no! Ferrari!- Me miró con una media sonrisa tonta y enfadada que duró solo un instante antes de la tajante frase: –Ferrari is a car!– Enfatizó con su inglés básico para que dejara de tomarle el pelo. –Oui! My friend is Ferrari too!- Pero poco convencido me dijo… –No Ferrari here my friend, no Ferrari, no Ferrari in the hospital!– Insistí de nuevo varias veces, dándole incluso el número de habitación donde se alojaba Juan hasta que al final, ese señor se levantó (por así decirlo) de la silla, salió de la garita de cristal y se me acercó. Mirándome con cierta indiferencia, como haciendo un enorme acto de paciencia, me cogió por los hombros y lentamente me acompañó hasta la puerta. En nuestro “romántico” paseo hacia la puerta hice un último intento comentando que quizá sería bueno que me viera un médico porque me dolía mucho una rodilla… –No here, no here my friend, no here… Go to hospital!– y añadí yo varias veces: –I am in the hospital!– y él insistía: –Oui, oui, mais pas ici! Go to hospital!– añadiendo finalmente, al solemne acto, un cansado –Au revoir…- Definitivamente, no habiendo otro hospital en la ciudad, me quedé sin visitar a Juan y tuvimos que esperar a que le dieran el alta. Con él pasamos buenos ratos durante nuestra estancia en Martinique, y habitó el Infinito durante unas semanas estando nosotros instalados ya en el Cythere.

Luego nos encontramos con Justin, gran amigo de Lanzarote, que había llegado un mes antes que nosotros, también después de una muy mala travesía a bordo de su Kalinka III (Dufour Arpeig). Compartimos unas Tropicales frescas a bordo del Kalinka III junto con Anders, amigo también de Lanzarote que había cruzado una semana antes que nosotros a bordo de su catamarán autoconstruido y seguía rumbo Panamá con el objetivo de llegar a Australia a finales de año.

Luego conocimos, a través de Juan, otros amigos con los que compartimos buenos momentos. Los hermanos de Bilbao, Álvaro y Bruno, barcoestopistas y aventureros trotamundos. Ukeleles en mano andaban buscando barco para seguir su viaje con una mochila hacia el corazón de Sudamérica. Ellos vivieron también en el Infinito después de que Juan se aventurara a seguir hacia Panamá, a bordo de un velero con una variopinta tripulación galaico-catalana que aceptó de buen grado añadirlo a la tripulación.

También conocimos a Corina, una chica canaria encantadora que habían conocido Juan y Justin en Las Palmas de Gran Canaria y con quien coincidiríamos más tarde en Catalunya (aunque no me quiero avanzar).

Adrián y Ester junto a su hija Julia, eran vecinos del fondeo en Le Marin, grandes amigos con los que, durante tres meses, fuimos inseparables. Al igual que Eugenia, Ester estaba embarazada, así que aprovechaban la cubierta del Cythere, fondeado a pocos metros de su barco, para hacer un poco de yoga pre-mamá cada tarde. Mientras tanto, su hija Julia hacía maravillosos dibujos sobre nuestra tripulación:

(En la primera aparece Eugenia en todo su esplendor, luciendo pendientes, moño, uñas pintadas y un vestido al más puro estilo caribe, sin duda, un referente para Julia. Al lado aparece una figura que no recuerdo a quién representaba, pero espero no ser yo. En la segunda Atlas y Tritón posando con sus collares iguales.)

Olivier y Amy, una pareja encantadora de nuestra edad, amigos en común y antiguos vecinos de puerto en Barcelona también estaban allí y nos ayudaron un montón con el francés cuando alguien venía a ver el barco.

Rafa, Pilar y sus cuatro hijos. Una familia encantadora y también con muy poco tiempo para aburrirse. Rafa trabajaba en una empresa de charter haciendo de patrón y mantenimiento. Con ellos y con Adrián y Ester fuimos vecinos de fondeo durante más de dos meses, en el segundo agujero de ciclón de Le Marin y siempre encontrábamos excusas para hacer viajes de dinghy entre barco y barco.

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Rafa, Corina y demás tripulación zarpando rumbo Mallorca a bordo del Aegeris

En esta lista no podía faltar José. Apareció un día cualquiera en el fondeo, con un barco pequeño que ondeaba un pabellón español. Los presentes, muertos de curiosidad, no paramos hasta poder hablar con él. José era un señor Uruguayo, que había partido de Catalunya hacía unos meses hacia Uruguay. Habiendo hecho prácticamente toda la costa atlántica de Sud-América, estaba ya de retorno hacia la península. Hablando con él, no solamente resultó que hacía más de 30 años que vivía en Catalunya, sino que además tenía una parada de frutos secos en el mercado de Palafrugell, a diez minutos de casa, que solíamos frecuentar para comprar carne y verduras. ¡Qué pequeño es el mundo!

Entre todo este panorama no nos aburríamos. Tantos amigos cerca convierte cualquier isla en tu hogar.

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Atlas relajándose en el canasto hecho de hojas de cocotero, su cama preferida a bordo.

La preparación del Cythere

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Revisando el motor

El Cythere cada día estaba más preparado, habíamos instalado ya toda la electrónica nueva que desmontamos del Infinito y habíamos arreglado alguna tontería mientras se acababan las obras en la proa. Cuando compramos el barco el antiguo armador acababa de pedir el cambio de una parte importante de la cubierta de proa. Pero entre el clima y el ritmo caribeño se estaban demorando más de la cuenta, por lo que me puse yo también para dar un empujón al asunto.

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Cepillando las juntas antes de calafatear.
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¡Terminada la proa!
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El contramaestre en el “pañol del contramaestre”
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Por alguna razón, y no era la primera vez que lo veía, en un barco francés se suelen desmontar y eliminar las tapas del inodoro, así que tocó hacerlas de nuevo a presupuesto zero, aprovechando algunos retales de tablero que había a bordo.
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Nueva electrónica instalada en el Cythere

También habíamos conseguido una ancla adecuada para el barco (30Kg) ya que el barco nos lo vendieron con dos anclas de 15kg, con lo que no podríamos fondear con seguridad. Cuando parecía estar todo listo y los marineros (ahora ya casi amigos) nos esperaban a bordo de su cayuco para ayudarnos a salir del amarre, vi que algo fallaba en el monitor de baterías. El motor no estaba cargando baterías, ¡sino descargándolas! Paro máquina y nos disculpamos a los marineros. Debemos seguir esperando… Finalmente parecía que el alternador se había quemado hacía ya un tiempo y que para evitar repararlo o sustituirlo, el antiguo armador había hecho un puente. Conseguir un alternador nuevo “compatible” con ese motor y sustituirlo: 10 días. ¡Martinique te atrapa! Suma y sigue. Vivir en el Caribe y tener algún tipo de prisa por llegar o irte de algún sitio, es desesperante, sobretodo en Martinique.

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Eugenia es de la opinión que en el Cythere seguimos teniendo un gran problema: los paneles solares están en un sitio horroroso para hacer fotos, ya que son imposibles de disimular. Yo opino que, por más que mire, ¡no consigo ver ningún panel solar!

¡Por fin en el fondeo!

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Dejando el amarre, el Cythere no volvería a amarrar a un puerto hasta después de algunos meses, en Curaçao.

Una vez reparado el alternador, conseguimos dejar el costoso amarre para podernos instalar en el fondeo. Y ¡cómo cambia la cosa! Allí nuestra felicidad se duplicó y el ambiente se relajó enormemente.

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En el fondeo, en el segundo agujero de ciclón, Le Marín.
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Tritón disfrutando el fresco del Alísio

No podía faltar, sin duda alguna, un fondeo en Saint Anne, justo a la entrada de la bahía du Marín, donde nos habían aconsejado todos que pasáramos un tiempo. Allí el mar abierto está más cerca así que la claridad del agua es brutal. En total estuvimos allí una semana y media, que nos sirvió para trapichear con aguas turquesas, cocoteros y los diferentes artilugios fotográficos.

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Eugenia y Mia buscando esponjas en la playa de Caritan, Saint Anne, Martinique.

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Tritón, el perro/pez, no puede ser más feliz que en el agua

Est une petite fille!

Entre todo, seguíamos haciendo visitas periódicas a la ginecóloga esperando que, tarde o temprano, nos dijera el sexo del bebé para poder seguir discutiendo sobre los nombres con algo más de orientación. La realidad es que me estaba constando lo mío convencer a Eugenia de que Agapito o Desamparación no eran mis opciones preferidas.

Así pues, llegó el día que estábamos esperando: –Est une petite fille!– Dijo alegre la Dra. Juve, a lo que nos quedamos totalmente igual, ya que fille en francés se pronuncia igual que fill, que en catalán significa “hijo”, así que no acabábamos de entender si era niño o niña. Pero resultó, después de algunos gestos para ayudar a nuestra comprensión, que sería una niña.

Llegados a este punto, ya habíamos avanzado en la negociación en contra de Desamparación o Agapito, así que iba a llamarse “Mia”.

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Eugenia y Mia en el centro de buceo de Le Marin.

Cuatro dinghies y tres motores en tres meses. La filosofía del change.

Durante nuestra estancia en Martinique, sobretodo en el fondeo, el dinghy era nuestro principal transporte ya que el barco estaba a una milla del puerto y los viajes a tierra eran constantes; con la compra, con agua, con gente, etc. El Cythere fue entregado con un pequeño hinchable Zodiac bastante tocado, con un motor honda de 2,3cv.  y nosotros nos habíamos quedado el del Infinito, que habíamos hecho hacer a medida de hypalón en Lanzarote, también con el motor de 2,5cv.

Entonces, un día hablando con José el Uruguayo, nos comentó que él tenía dificultad para maniobrar su dinghy en su cubierta y que buscaba alguien que quisiese cambiarle ese por uno más pequeño, a lo que rápidamente nos pusimos de acuerdo para el cambio con la zodiac. Las dos embarcaciones estaban en un estado de conservación parecido, así que nosotros ganábamos eslora y él ganaba en comodidad y maniobra.

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Pneumática de hypalón de 2,1m de eslora.
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Zodiac del Cythere

El día siguiente, asistiendo al circo náutico que se organizaba en Le Marin, y al que asistía todo el vecindario, le conté lo ocurrido con el cambio de Dinghy a Olivier, el amigo belga. Cuál fue mi sorpresa cuando me dijo: -Pues yo tengo un amigo que tiene un motor de 6hp y lo quiere cambiar por uno pequeño como el tuyo por que va solo y le cuesta mucho izarlo a cubierta. – ¡Carai! ¡Hay que conocer a este tio!.

Ese chico resultó ser Greg, con el que a raíz de esa transacción nos hicimos super amigos, coincidiendo más tarde en Curaçao, donde seguramente nos volveremos a encontrar. Resultó ser cierto lo del interés de Greg en cambiar de motor, así que en menos de 24 horas, pasamos a tener un dinghy de 2,3 metros con un motor de 2,5Cv a tener uno de más de 3 metros con un motor de 6hp. Habiendo servido este cambio a varias personas a la vez y sin ningún coste para ninguno. Creo que es un muy buen ejemplo de la filosofía del change en el mundo del crucerista, tan extendida entre los navegantes oceánicos.

Poco después, por la rueda de navegantes que se organiza en Martinica todos los lunes, miércoles y viernes a las 8:30 de la mañana en el canal 68 de VHF; escuchamos a una familia americana que anunciaba la venta de un Folding Dinghy Porta Bote, por 150€. Como hacía tiempo que pensábamos en la opción de un dinghy rígido, lo compramos.

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Portabote

No obstante, debido a la aparatosidad de un dinghy “rígido” de 4 metros, a los constantes golpes contra el barco y la dificultad de su estiba (aunque se pliegue), decidimos deshacernos de él en Bonaire para seguir con el hinchable amarillo de José.

Matar el tiempo en Martinique

Aunque cualquier isla del Caribe tiene millones de posibilidades y aunque las relaciones sociales entre navegantes sean tan intensas, existen muchos ratos durante el fondeo que te encuentras a bordo con una necesidad imperiosa de hacer cosas. Es cierto que en un barco nunca te aburres, pues siempre hay reparaciones que hacer o cosas que mejorar. No obstante, el cerebro y el alma necesitan también de otros quehaceres que ocupen nuestro tiempo con algo de ocio. En nuestro caso se nos dio por la cocina, coincidiendo que ahora nuestras posibilidades habían crecido gracias al horno, a la generosa nevera y al espacio en general. Así que aprendimos a amasar nuestra propia pizza, a hacer galletas, cremas de chocolate, pasteles y algún que otro producto semicomestible.

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Primera tortilla de patatas del Cythere, muy rica pero mejorable
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Manzanas al horno con foie.
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Galletas. La receta de mamá.

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Mi lassagna sin gratinar

En paralelo, Eugenia recuperó una de sus viejas aficiones que, de no haberse quedado en el olvido hasta ahora, nos podría haber hecho ganar bastante dinero. Se trata de su afición por la bisutería. Hay que decir que desde Barcelona cargábamos con una pesada caja de latón llena de material, piedras, alicates y cierres, que por fin veían la luz.

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Y, cómo no, alguna que otra siesta durante el caluroso y sofocante mediodía, seguida por una escapada a tierra para una Lorraine.

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¡Cerveza y wi-fi!

Hubo algunos días también, que siempre se agradecen, en que se me ocurría alguna loca idea que no podía dejar de llevar a la práctica. Un gran ejemplo: el día en que intentamos construir un aparejo de vela cuadra para nuestro dinghy plegable. Consistía en un mástil de carbono de algún vela ligera que (como otras mil cosas) encontramos en las basuras de Le Marin, un sencillo aparejo de cabo y un toldo también reciclado.

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Primeras pruebas de mar

Me gustó tanto la idea que dejamos el mástil aparejado, sobre el que montamos una luz solar de jardín a modo de luz todo horizonte y hay que decir que causaba bastante impresión en nuestras arribadas a tierra. La vela, sin embargo, no la volvimos a izar.

Vender el barco

El Infinito seguía sin venderse y seguía pagando amarre (para facilitar las visitas de los inetresados). Mientras, nosotros terminábamos los preparativos y reparaciones para que el Cythere estuviera a punto para la navegación. Cansados de estar en Martinique y con ganas de ver las islas del sur empezamos a buscar patrones para que se llevaran el Infinito de vuelta a Barcelona, donde un buen amigo quería hacerse cargo de él.

Recibimos mil presupuestos y decenas de ofrecimientos de gente que, sin ningún tipo de experiencia, quería hacerlo gratis a modo “escuela”. Finalmente nos habíamos decidido por un amigo en el que confiábamos al 100%. Dimos cinco días de tiempo antes de comprar el billete de avión para ver si recibíamos respuesta de alguno de los que habían visitado el barco.

Finalmente, el mismo día que terminaba el plazo que nos habíamos asignado, el Infinito se vendió. Lo compró una pareja de franceses que se acababan de mudar a la isla. Él medía dos metros de altura y pese a que insistimos en que no cabría en el barco nos dijo que, teniendo el mismo problema en todos los barcos que habían visto, preferían quedarse con el que más les gustaba.

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Nos despedíamos del Infinito con alegría pero también con una pena terrible.

Por una parte fue un alivio inmenso poder vender el barco y así recuperar una parte de la inversión que habíamos hecho en el nuevo barco. Pero entregar las llaves del Infinito, el barco donde habíamos vivido tres años y navegado más de 6.000 millas, fue una de las cosas más tristes de nuestras vidas, sin duda. Cada detalle, cada milímetro del barco estaba pensado y medido y ellos se lo quedaban para “moverse por allí”. Teníamos claro que no sería, de momento, el vehículo de ninguna loca aventura, ni el hogar soñado que habíamos construido en él pero debíamos venderlo a toda costa, así que no pudimos elegir a quién.

¡Libres de nuevo!

Y allí estábamos, de nuevo libres, a bordo del Cythere, gozando de la compañía de amigos y de la tranquilidad del fondeo de Le Marin. Trabajos rutinarios por la mañana, algo de cocina casera al mediodía, yoga a media tarde, charlas y cervezas y noches de peli y manta.

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Caribe style

El tiempo seguía corriendo y debíamos abandonar la isla pronto si no queríamos ir justos de tiempo para llegar a Curaçao. Un parto en un país extracomunitario (si tu seguro médico no cubre maternidad) puede salir muy caro. Así que teníamos pensado dejar el Cythere allí, donde tenemos amigos y volver a Catalunya a tener a Mia junto a familia y seres queridos.

 

 

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