¡Cambio de barco! o “Suerte con el Cythere”

Los primeros días en la isla de Martinique no fueron para el turismo, ni para reparar nada del barco (que pese a las condiciones meteorológicas había aguantado estupendamente con solo algunas pequeñas cosas que repasar). Esos primeros días fueron para recuperar el aliento y recordar que estábamos vivos y al otro lado del océano. Mientras tanto, iniciamos una carrera incesante para conseguir un ginecólogo en la isla. Eugenia estaba convencida que después de todo lo que pasamos en el Atlántico, había muchos números de haber perdido al bebé. Después de una semana de incertidumbre conseguimos encontrar un centro médico donde había servicio de ginecología, donde la encantadora Dra. Juve nos atendió y nos dio la fantástica noticia de que el bebé seguía en curso ¡y en plena forma!

El siguiente objetivo era visitar a todos los brokers náuticos de la isla para proponer la venta de nuestro barco, a lo que tristemente todos respondían que no cumplía las características para entrar fácilmente en el mercado que ellos necesitaban… En otras palabras, era demasiado pequeño para que quisieran mover un dedo para ofrecerlo a sus clientes, así que deberíamos buscarnos la vida para venderlo cuanto antes para poder sustituirlo por un barco de más porte.

Pasábamos horas buscando barcos en internet y a la vez también hacíamos visitas a barcos que algunos de los brokers nos ofrecían. Nuestro problema, como siempre, era el presupuesto, ya que la oferta era tan enorme, que uno puede pasarse la vida viendo barcos uno detrás del otro. Buscábamos un barco con cierto desplazamiento, de entre 12 a 14 metros, con tres o más camarotes, de los cuales uno sería para el bebé, otro para nosotros y los restantes para poder hacer algún charter o poder recibir a amigos y familiares. A parte de esto, estábamos abiertos a todo tipo de barcos.

Al cabo de unos días, viendo que el barco no se vendía y seguíamos pagando amarre, decidimos hinchar el dinghy para trasladarnos al fondeo. Probando el dinghy, a última hora de la tarde, pasamos por el costado de un ketch bastante grande, al acercarnos identifiqué que se debía tratar de algún modelo de Endurance.

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Así es como vimos al Cythere por primera vez

Estaba amarrado en el extremo del último pantalán y de su aleta colgaba un viejo cartel que ponía “A vendre” seguido de un teléfono. Por un momento pensé que ya había visto ese barco en algún sitio, hasta que caí que era uno de las decenas de barcos a los que había intentado contactar a raíz de algún anuncio en internet. -¡Mira Eugenia! Este es uno de los barcos que aún no ha contestado nuestro e-mail…- A lo que contestó algo así como: -¡Imposible! No puede ser que esté en nuestro presupuesto…- Decidimos a amarrar el dinghy en dicho pantalán y averiguar si había alguien a bordo. Una luz cálida se escapaba por un portillo abierto así que intentamos llamar la atención. A nuestros saludos, respondieron un séquito de ruidos y golpes que provenían del interior del barco, del que salió al cabo de unos instantes un señor de piel muy pálida y rojiza, alto, de edad avanzada y un poco confundido por la inesperada visita de unos extraños, al que siguió una mujer bajita pero igual de pálida.

Lo intenté en inglés, después con el francés que había podido aprender durante los pocos días que llevábamos en la isla, añadiendo alguna palabra en castellano, con acento catalán y alguna palabra inventada… Enseguida nos ofrecieron enseñarnos el barco, pese a que empezaba a menguar ya la luz el día y ellos ya iban en pijama. Nos impresionó el impecable estado de revista en el que mantenían el barco, imagino que esperando alguna visita como la nuestra.

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Era un Endurance 44, con nombre Cythere, aparejado en Ketch con una eslora máxima de 14,5m. Lucía una espectacular cubierta corrida forrada de teka, los inoxidables brillaban tanto que podían verse reflejadas las nubes. Tenía tres camarotes dobles, con su pica y su espejito, al más puro estilo francés, con los mamparos forrados de una cálida moqueta, muy oportuna para las navegaciones en el Caribe… Un taller totalmente preparado ocupaba otro espacio en proa. A los camarotes, al taller y al lavabo independiente, se accedía a través de un largo pasillo central donde se lucían perfectamente barnizados los baos de teka y unas bonitas litografías de temática naval que colgaban acertadamente de los mamparos blancos como si se tratara de una casa de retiro. El salón, presidido por una generosa mesa de cartas y una cocina americana “como la de una casa”, así como una gran mesa donde sentar hasta ocho comensales. El barco, en su totalidad nos encantó. Seguramente no sería el barco que muchos hubieran querido, por sus 19 toneladas, o por su quilla corrida, o su grueso casco de los ochenta… Pero no me siento para nada seguro en un barco de casco y jarcia ligeros, con muebles de aglomerado, fondos planos y quillas atornilladas. Así que cuando nos mirábamos, de pie en esa enorme cubierta, sabíamos que queríamos ese barco.

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El contramaestre Atlas siempre tiene que supervisar los trabajos a bordo.

Durante los siguientes días, en los que tengo que confesar que dormí poco y mal, buscamos la manera de vender más rápidamente nuestro barco, pero parecía una tarea demasiado difícil como para tener prisa. De todas formas, los días pasaban y otros interesados visitaban el barco de los franceses. Después de mucho meditar, dimos paga y señal para el Endurance de nombre “Cythere”, rezando para que el Infinito se vendiera antes de tener que abonar el resto de lo que pedían por él, a pesar de ser la mitad de lo que ese mismo barco valdría en Europa.

Antes de todo esto, creo incluso que antes de llegar a Martinique, prometí que no me cortaría la barba hasta encontrar un nuevo barco más idóneo para nuestras aventuras, y como esto parecía haber sucedido, tuve que cumplir la promesa.

Aleix_Infinito_Martinique
Barba cortada generosamente en honor a mi promesa. El Infinito de fondo.

De nuevo en Martinique después de un tour por Martinique y Guadaloupe con Jorge (el padre de Eugenia) y Sabin, su mujer; con algunas ofertas por el Infinito, nos esperaba un emocionante traslado en el que nos ayudarían, por suerte, Jorge y Sabin.

Eugenia_Cythere_Martinique

El trato con los armadores del Cythere fue que, a nuestra vuelta de Guadaloupe, ellos nos harían la entrega del barco. Cada barco es un mundo, complejo de quilla a perilla y para mí era importantísimo que el antiguo armador nos explicara como funcionaba todo y los entresijos y secretos que escondía el barco en su interior: sistema eléctrico, motor, aparejo, etc. No obstante, al llegar de nuevo a Martinique nos encontramos con un barco vacío, con las llaves escondidas en un rincón y un e-mail que decía textualmente “suerte con el Cythere”.

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