Etapa 1: Barcelona – Canarias

Versión del Capitán

Con algunas notas de la Almiranta (en azul)

Después de dos años preparando el barco, de toda la planificación, de los problemas que han ido surgiendo y todas las mejoras que hemos hecho en el barco, es una emoción enorme estar escribiendo estas líneas ya que significa que hemos empezado nuestro viaje.

Empezar un viaje así no es fácil, no me refiero al barco y a las tareas y quehaceres previos, no es fácil porque el hecho de empezar significa muchas cosas. Dejarlo todo, decir adiós… Y lo más difícil: salir de nuestra zona de confort, a la que recordaré con especial cariño. Al zarpar de Barcelona, nos dimos cuenta que no mirábamos la estela de la misma forma que normalmente, de hecho, nos mirábamos Barcelona como si nunca antes la hubiéramos visto. En ese momento ya no era la bulliciosa ciudad, no era caos, no era humo; se había convertido en “un paisaje”. Era una bella imagen, una postal que quizá tardaríamos en ver de la misma forma. En ese momento, era la Barcelona perfecta.

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Centenares de veces había imaginado ese momento, en oscuras noches de insomnio cuando nuestras larguísimas listas de cosas pendientes no me dejaban conciliar el sueño, esos días en los que me levantaba a media noche porque se me había ocurrido la manera de solucionar esto o arreglar aquello, mil veces habían pasado delante de mi imágenes sobre el día de la partida, ese que parece que no vaya a llegar nunca. En alguna de estas visiones (en la mayoría de ellas) veía el barco abarloado en el muelle de espera de la Marina de Badalona, con banderas y guirnaldas izadas por toda la jarcia y habiendo organizado una despedida en toda regla en la que la gente tira rollos de papel higiénico al aire deseándonos buenos vientos después de un copioso pica-pica y unas rondas de cerveza, una despedida en la que estaríamos toda la tarde hablando con todos los amigos, familia y curiosos paseantes del puerto atraídos por la algarabía.

No obstante, el momento de zarpar fue totalmente íntimo, casi un ritual. No había habido tiempo para organizar nada, ni siquiera para plantearse preparar nada que no fuera el barco y a nosotros mismos. Ese mismo día yo había salido a navegar con alumnos, una salida fantástica en la que curiosamente me preguntaron: -¿no te gustaría ir a dar la vuelta al mundo?- a la que pude contestar por fin: -¡Sí! De hecho, salimos esta misma tarde…-

Eugenia me estaba esperando a bordo, con los últimos preparativos y dejando el barco a son de mar. Cuando llegué repasé algunos aparejos, la tensión de la jarcia, el motor y largamos amarras. En realidad no fue muy distinto a lo habitual, simplemente no íbamos a volver hasta al cabo de mucho tiempo. Dejábamos la bocana de Badalona durante el aterdecer, tranquilos, sin despedidas, sin banderas ni pica-picas, sin paripés… Era algo entre nosotros y la mar.

El viento había caído ya, la mar estaba aún turbada por el ajetreo diurno y aún quedaba algún velero resagado con alguno de estos soñadores como nosotros que nunca encuentran el momento de arriar las velas, algunas almas que quisieran encomendarse a la mar y para las que el volver es un estúpido castigo. De ellos sí nos despedimos con un hasta pronto, esperamos encontrar a muchos de ellos tomando la sombra bajo algún cocotero en una isla perdida en el Pacífico, después de haber dejado atrás todas estas ataduras.

Barcelona quedó atrás, se hacía cada vez más pequeña. No era como aquellas veces que salíamos de travesía a Baleares, era algo distinto que no se si se puede explicar.

En ningún momento hablamos entre nosotros dos de que esa tarde se consideraba el punto de partida de nuestra vuelta al mundo. Llegó sin pensarlo demasiado. Quedaba una semana para nuestra boda en el Delta del Ebro, y en el último momento pensamos que sería buena idea bajar hasta el Delta con el barco para preparar la boda. Y así ya una vez casados, partir hacia el estrecho. De modo que esa tarde de julio, saliendo por la bocana de Badalona, teníamos la cabeza llena de cosas. Pensábamos en todo, en mil cosas, menos en que estábamos soltando amarras definitivamente. Fue al cabo de un rato de haber salido cuando yo dije: -Parece mentira… Tantas horas navegando delante del skyline de Barcelona, tan grabado que tenemos este paisaje en la retina… y la próxima vez que lo veamos ¡habremos dado la vuelta al mundo!-. No faltó un brindis para celebrarlo… Los buenos inicios siempre tienen que ir acompañados de una buena copa de vino. Igual no fue ese “soltar amarras” que el Capitán se había imaginado, con todos nuestros conocidos brindando y llorando en el pantalán. Pero fue un inicio muy especial. Solamente nosotros dos, juntos. Bastante callados. Supongo que los dos veíamos alejarse a Barcelona… viendo en sus edificios todo aquello que dejábamos atrás. 

Nuestra siguiente escala era Delta del Ebro, en el puerto de L’Ampolla. Otra gran aventura que teníamos por delante y que empujaba el barco veloz entre ola y ola y a nosotros con él. Aquello que nos esperaba allí era una escala muy especial: nuestra boda. Solo estábamos nosotros, la familia y los amigos, no habían pinguinos, ni camareros, ni gorditos con camisas de cuadros tocando un pianillo con monótonos compases pre-grabados, no habían niñeras, ni cocineros sudorosos, solo gente querida a los que nunca dejaremos de agradecer que estuvieran esa noche hasta el siguiente desayuno y que entre todos, con su colaboración, hicieran posible tan alta felicidad. Eso sí fue una buena despedida…

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Espero que en nuestra historia de vuelta al mundo dediquemos más adelante algo más de cuatro lineas para explicar nuestra boda. Yo no digo que tenga que ser el día más importante de nuestras vidas. Pero algo más de cuatro lineas… ¿no? Además antes de ponernos las alianzas, nos hicimos prometer mutuamente unos votos de matrimonio. Curiosamente vinculados a nuestra vuelta al mundo. Y fue la última vez que vimos a todas las personas que queremos juntas antes de irnos. Fue una despedida bestial. Una despedida tan y tan emotiva. Un día mágico… ¡Así que reivindico más de cuatro lineas para explicar la boda!

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Una vez desposados, felices, contentos y con el barco repleto de deliciosos manjares y brebajes que habían sobrado de la fiesta, nos pusimos a descargar trastos y bultos de los que no precisábamos y a su vez, poder estibar toda la comida y bebida que necesitábamos para las próximas dos semanas.

En medio de esta labor, escuché a Eugenia llamándome desde cubierta; al parecer algo estaba pasando que necesitaba mi inmediata presencia. Cuando salí a cubierta, ya tarde, vi un barco de madera de unas quince toneladas a escasos centímetros de nuestra popa, gobernado por un anciano que, atacado por los nervios miraba el espectáculo como si no fuese con él. Nos lanzamos hacia popa como un tiro para intentar frenar a esa mole para que no destrozara completamente nuestra popa, empujando con bicheros. Me gustaría poder rescatar de ese momento una foto de mis recuerdos para enmarcarla y colgarla en mi muro de cosas flipantes… El barco estaba repleto de gente de todas las edades y condiciones, todos cómodamente sentados en sillas plegables, sobre la cabina, en la regala, etc. No obstante, ninguno de ellos hizo el mínimo atisbo de intentar ayudar en esa situación, como si lo contemplasen desde la terraza del Club Náutico.

El barco derivaba hacia nosotros a causa del viento, que aunque no estaba del todo calmado, no era ni por asomo el suficiente como para armar tanto jaleo de haber estado un poco pendiente de la maniobra. El señor en cuestión, ya privado de toda capacidad de maniobra se miraba atónito como su barco se acercaba al nuestro y estoy seguro que no escuchaba ninguna de las palabras que salían de nuestras bocas, viendo solamente dos personitas muy nerviosas en ese barquito de abajo… Así que, como no podía ser de otra manera, al final nos abordó. Creo que en ese momento el señor despertó de su letargo tan súbitamente que dio avante toda sin pensar. Primeramente, su pala de timón se enganchó con la codera del muerto de estribor, arrancando de cuajo la cornamusa de popa de ese mismo costado y causando ciertos daños en esa zona de la cubierta. Al mismo tiempo, su casco golpeó violentamente el piloto de viento. No suficiente con esto, enganchó el amantillo de la botavara de mesana con un extraño palo de acero que salía de su cubierta, arrancándola completamente de su herraje. Por suerte, había tenido tiempo de quitar máquina por lo que el barco quedó sin arrancada debido al estirón del amantillo, que hizo que nuestro barco se retorciera peligrosamente. Bajo la atenta mirada de los inmóviles espectadores que llevaba a bordo, al final el amantillo se soltó, haciendo temblar el mástil con gran estrépito. Dio avante de nuevo sin percatarse de la orientación de su pala de timón, dando paso al segundo acto de esta pequeña tragicomedia.

Al ver que inevitablemente iba a abordar otro velero a escasos metros corrimos todos hacia allí para intentar frenarlo de alguna manera, pero todos los esfuerzos fueron insuficientes para que un extraño mascarón de colorines que lucía en la proa, clavase sus dientes en la aleta de babor del velero en cuestión. En ese momento llegaron los marineros del puerto, lo encajamos en un amarre libre el tiempo suficiente para que el señor pudiese secarse el sudor de la frente y  el marinero fuera a buscar la embarcación auxiliar y así atracar el barco con asistencia. Volvimos al barco para hacer una valoración de daños, que no habían sido pocos. La cornamusa ya no existía como tal, solamente quedaban dos tornillos en cubierta con algunos trozos de madera desperdigados por la popa. La botavara ya no estaba unida al mástil, y los herrajes estaban retorcidos y rotos. El piloto de viento medio desmontado, aún con la lengua fuera del susto que se llevó el pobre. Pese a que no se había roto por completo ninguna pieza, algunas estaban deformadas y al parecer los casquillos y cojinetes se habían deformado lo suficiente para que todo el conjunto tuviera tanta holgura que no pensé que pudiese navegar con él. Así que después de arreglar los papeles del seguro en las oficinas del club volvimos al barco para intentar arreglar lo que se pudiese para poder seguir el viaje.

Conseguí fijar la botavara y recé para que aguantase hasta Canarias y enderecé lo que pude del piloto que posteriormente dio comportamientos erráticos y bastantes problemas para gobernar el barco en momentos en que lo necesitábamos sobradamente. Por lo que me han contado, los tripulantes de ese señor aún siguen sentados en sus sitios.

Yo realmente sufrí por la salud de ese hombre. Era mayor y se puso muy nervioso. Cuando hicimos el parte le íbamos explicando: -No… es que mañana a primera hora salimos de travesía- y a él le supo mal. -No, es que nos casamos ayer…- y al hombre le sabía aún peor habernos destrozado la popa. -No, es que vamos a dar la vuelta al mundo y justo salimos mañana…- Él no paraba de decir: -¡Ay! no me digas, qué dices… no, no, ¡no! ¿en serio? ¡no me digas! ¡qué mal me sabe!-. 

Sin haber perdido el ánimo, seguimos con los preparativos ya que debido al parte meteorológico teníamos que aprovechar una ventana de buen tiempo de unas pocas horas para poder doblar el Delta del Ebro. Zarpamos durante la tarde, el ocaso del sol sobre el delta dorado fue algo espectacular.

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El viento amainó justo a medianoche, momento en el que, estando yo dormitando en cubierta, un destello me despertó. Atento a la misteriosa luz miré a mi alrededor sin atisbar ningún peligro, hasta que vi el siguiente rayo que partió el cielo en dos justo encima del Delta. En ese momento, completamente parados y a la deriva, decidí encender el motor. Acto seguido Eugenia salió como un tiro de la cabina preguntando que pasaba. Seguimos avanzando a motor escapando de los rayos que seguían nuestra estela, navegando rumbo SSE, dejando los rayos por la aleta de babor. Fueron momentos épicos en los que ves como el cielo rompe en mil pedazos y que el desastre se acerca velozmente. Al parecer el frente se desvió más al E de nuestra derrota y solo pasamos un corto pero abundante chubasco. Al amanecer, ayudados ya por el viento cálido del W seguimos rumbo sur.

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Llevábamos más de una semana en L’Ampolla, trabajando todas las horas del día para los preparativos de la boda, casi sin dormir, haciendo enormes esfuerzos físicos, los nervios, los imprevistos de última hora… Nuestro cuerpo pedía a gritos un descanso, no obstante nos encontrábamos en un caparazón que deambulaba por la bahía de Valencia, sin vista de tierra, con poco viento pero olas de fondo cruzadas de considerable tamaño, con más de mil millas por delante. En ese momento, y por amor al cuerpo y al alma, decidimos arrumbar a Dénia para hacer un merecido descanso. Entramos a las tres de la mañana, empapados, cansados y epujados por un fuerte viento del NE que había entrado cinco horas antes de la previsión. Una vez en Marina de Dénia hicimos una gran labor a bordo: ¡dormir! Dormir lo que no habíamos dormido durante dos semanas, creo que tanto Tritón como Atlas agradecieron también el descanso. Pasamos allí un par de días recuperando fuerzas y zarpamos de nuevo rumbo S.

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Desde esa escala, lo vimos todo con otros ojos, el cuerpo era otro, la mente estaba despierta y preparada para nuevas aventuras. De eso aprendimos que no se puede zarpar agotado hacia una larga travesía, hay que ir comido, dormido, cagado y desfogado; como decía a los alumnos uno que yo se…

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Vamos, que hay que asumir que no somos supermans ni superwomans. Somos personas. Tenemos límites. La idea de hacer la travesía a Canarias del tirón era fantástica, pero nuestros cuerpos dijeron -¿Qué me estás contando? Del tirón a Canarias yo no voy-. Y decidimos escucharnos y parar alguna noche. Cenar en puerto, ir a tomar algo, ver una peli, mimarnos, dormir. Decidimos hacer eso que llaman “vacaciones de verano”. 

Creo que allí también nos dimos cuenta de que no teníamos ninguna prisa, teníamos aún muchos días por delante y nada nos pasaría por pasar una noche amarrados, con comida caliente, una buena ducha y un paseo por sitios bonitos. Así que después de una apacible travesía con vientos moderados y mar relativamente tranquila, recalamos en San Pedro del Pinatar, en la Marina de las Salinas. Un puerto pequeño y muy tranquilo, en la cornisa marítima del Mar Menor, que comparten Las Salinas y el Club Náutico Villa de San Pedro con los pescadores.

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Tras una tranquila noche en ese puerto, donde el calor era algo exageradamente agotador, donde el agua de la manguera salía permanentemente ardiendo, decidimos hacernos de nuevo a la mar para ganar más millas. Así que seguimos navegando, otra vez sin demasiado viento hasta arribar al Puerto Deportivo Juan Montiel, un puerto también pequeño y acogedor. Desde allí planeamos una visita a Cabo de Gata y estuvimos viendo opciones para poder atracar en algún puerto de la zona, ya que para los siguientes días había un parte de levante que prometía tener que andarse con cuidado. Después de valorar varias opciones, ninguno de los puertos tenía disponibilidad ni siquiera para una noche, las respuestas solían ser algo parecido a: “-Muy dificil, por no decirle imposible.”

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Visto el éxito de la misión, zarpamos rumbo a cabo de gata con la esperanza de poder hacer un fondeo y gozar de sus aguas y sus preciosos y abruptos paisajes. Finalmente, al atardecer, decidimos fondear en la Cala de San Pedro.

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Esto de “decidimos” es el relato políticamente correcto de Aleix. El caso es que llevábamos desde Barcelona sin bañarnos en el mar en pleno agosto. Así que reivindiqué mi momento de bañito. Tras la negativa constante de Aleix, vi unos mástiles desde lejos en una calita en pleno Cabo de Gata. Insistí infinito. Y lo conseguí. ¡Convencí al Capitán para ir a fondear un momentito y podernos bañar en una calita mona! Ahora, después de conocer todas las consecuencias que tuvo ese bañito, puedo afirmar que insistir tanto en darnos ese bañito fue un gravísimo error.

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Cuál fue la sorpresa cuando al largar ancla y cadena, vi salir por la roldana a todo el fondeo, ancla y cadena; todo al fondo. Por alguna razón, pensando que íbamos a estar solamente un rato, no orinqué el ancla como solemos hacer, así que nos vimos con todo el fondeo perdido a 8 metros de profundidad, la desesperación y la rabia me inundó, no sabía porqué se había soltado el grillete que une la cadena con el cabo de fondeo, se hacía tarde y no tenía a bordo ningún equipo para poder bajar a recuperar el ancla. Cogí la máscara y las aletas rápidamente y salté al agua mientras Eugenia maniobrava el barco a mi alrededor. Después de tres agotadoras bajadas sin éxito, pues me quedaba sin aire antes de tener tiempo de anudar el cabo o afianzar el fondeo con algún artilugio a modo de invento, dimos ya el fondeo por perdido. Una nueva ancla Rocna de 15kg con sus 30m de cadena de 8mm. ¡Un desastre! En ese momento de desesperación en que me peleé a toda costa con el agua que me rodeaba, escuché a Eugenia gritar, hasta que ví una embarcación de buzos que pasaba por el costado del barco rumbo a Las Negras, a los que estaremos eternamente agradecidos. Se pararon y después de explicar lo ocurrido, no tuvieron ningún problema en ayudarnos, bajó un chico con uno de los equipos que tenían en cubierta, y con tranquilidad y estilo anudó un cabo con el extremo de la cadena, se lo pasamos a Eugenia que estaba a bordo y finalmente recuperamos el fondeo. Luego resultó que el patrón de la embarcación de buzos era de Barcelona, intercambiamos unas palabras y nos invitaron a visitar Las Negras para ofrecerles una bebida a cambio de la ayuda. Que desgraciadamente tubo que quedar pendiente, ya que abandonamos el fondeo al cabo de un rato para arrumbar hacia Almería. Así que acompañados por unas cuantas carcajadas, nos despedimos.

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Yo añadiría que, después de todo el espectáculo de la pérdida de ancla en la calita, Aleix fue contundente: -¿No querías bañarte? ¿No hemos venido hasta aquí y la hemos líado tanto porque te morías de ganas de bañarte? ¡Pues ahora te bañas, sí o sí!-. No me lo pensé ni medio segundo. Y aún habiéndose esfumado el sol y con un poco de frío, me tiré de cabeza. No me quedaba otra. Una vez en el agua la sorpresa fue importante. Resulta que Aleix había sacado la escalera de baño para poner en su lugar el piloto de viento. Así que estaba en el agua y sin poder subir a bordo. Maravilloso. Mejor no explico cómo conseguí subir…

Cruzamos Cabo de Gata entrada la noche, el faro nos iluminaba intermitente como si alguien en él nos estuviera buscando. La mar estaba tranquila y soplaba una brisa de levante, la antesala de lo que nos esperaba las próximas horas. Tras recibir la negativa del puerto de Almería para ofrecernos amarre, seguimos una vez más hasta la Marina de Aguadulce.

Una vez allí, todos comentaban la complicada situación meteorológica que se acercaba para las próximas horas. A nosotros, viendo el parte, no nos pareció tanto como los locales avecinaban. No obstante amaneció nublado, violentamente ventoso, las rachas hacían escorar al barco terriblemente. Nos habían atracado en el muelle de espera, justo al lado de la bocana y el fuerte viento que recibíamos por el  través empujaba el barco contra el muelle haciendo retorcer todas las defensas.

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Según la previsión, esa tarde debía amainar un poco y tenía que haber una ventana que nos permitiese salir de ese puerto, que con levante es una auténtica ratonera sin salida, y dirigirnos al puerto de Almerimar, donde teníamos más posibilidades de salir en cuanto mejorase el tiempo. Así que pusimos rápidamente el barco a son de mar, y pese a los consejos de los marineros y a frases como “Hay que estar loco para hacerse hoy a la mar”, abandonamos el puerto en demanda de la Punta del Sabinar. La ola estaba muy montada, con olas de dos metros y un periodo de 4 a 5 segundos, rompiente a rabiar. Navegábamos de bolina intentando sortear las olas por nuestra amura. Aunque realmente el viento había amainado a 25 nudos.

Todo iba bien, pese a la incomodidad de la situación en un barco tan pequeño, hasta que salimos del sotavento de Cabo de Gata, que aunque estaba a bastantes millas, paraba bastante el embate de la mar de levante. En ese momento, las olas de dos metros se convirtieron en olas de cuatro, sin alargar en demasía su período, rompiendo violentamente contra nuestro costado, barriendo a su paso toda la cubierta y haciendo escorar el barco hasta puntos que preferiría no repetir. Era imposible hacer ninguna maniobra sin ser arrollado por las olas. Vista la situación y que no tenía precisamente tendencia a bajar, decidimos dar media vuelta y entrar de nuevo en la Marina de Aguadulce, donde la respuesta del marinero fue: -Pues aún habéis estado bastante rato fuera… ¡Os esperaba antes!- De allí aprendimos también una gran lección: los locales saben más que el parte, hacedles caso.

Aquí debo añadir que la gran lección real que aprendimos; o que yo aprendí, fue otra. Fue una mítica frase que tanto he escuchado en mi vida en mil situaciones diferentes, y que de golpe entendí todo su sentido: DONDE MANDA CAPITÁN, NO MANDA MARINERO. Y es que quien insistió en salir ese mediodía fui yo. No había buen parte, los marineros nos recomendaban no salir del puerto, Aleix quería esperar cinco días hasta que el parte mejorase… pero yo tenía que volver en una fecha a Barcelona y antes teníamos que llegar hasta Canarias. No nos podíamos permitir esperar una semana en Aguadulce. Así que jugué todas mis cartas para conseguir salir. A la media hora vi claramente que había sido una partida muy mal jugada por mi parte. Mis prisas, mi calendario, mi carrera contra el tiempo… nos habían llevado a arriesgar la integridad del barco. Entendí que en el mar no es el ser humano, con su reloj marcando el paso del tiempo, quien manda. En el mar manda el mar. Y en el barco manda el Capitán. 

En las próximas horas fue a peor y desde el atraque (esta vez nos dieron un amarre justo delante de la discoteca para adolescentes más concurrida de la zona) se escuchaban las olas rompiendo contra el espigón, el viento aullaba feroz en las jarcias y el cielo gris daba al conjunto un escenario bastante trágico. Así que allí nos quedábamos, nada menos que una semana, esperando que amainara ese feroz temporal de levante que hacía estragos en toda la costa.

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Lo divertido de la situación es que parecía que habíamos llegado a una zona culturalmente poco atractiva. Aguadulce es un pueblo moderno, asentado en los años 60 gracias al boom del turismo extrangero. En un estado bastante decrépito y sin ningún sentido estético. Enormes bloques de apartamentos, hoteles, discotecas y un millón de tiendas de souvenirs playeros. Un centenar de comercios cerrados y abandonados en calles principales con carteles que hace veinte años ya estaban descoloridos, contrastaban con la moderna decoración de las farmacias y los hoteles caros.

Desesperados por vernos allí encerrados durante tantos días, alquilamos un coche con el que pudimos visitar ampliamente Cabo de Gata y visitar Almerimar donde queríamos hacer algunos recados. No obstante, nada pasa porque sí. Esa escala, aunque desafortunada, nos dio la oportunidad de ver a mi primo Garikoitz, a su mujer Leire y a sus hijas, que por suerte habían bajado de Bilbo para estar unos días de vacaciones en Cabo de Gata. Después de tantísimos años sin vernos fue un rencuentro inolvidable.

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Aquí falta añadir que esas horas de no hacer nada,  en ese puerto donde no había nada que hacer, nos invitaron a comprar un elemento básico para todo viaje: un juego de cartas. Y un dominó. Me parece un apunte importante. Yo siempre soy de hacer cosas, y más cosas, y más cosas… de vivir los días repletos de miles de cosas que hacer. De no perder el tiempo. Y ahí asumí que no pasa nada por “jugar a cartas”. Que no es perder el tiempo sentarse a tirar cartas encima de una mesa con mi marido. Vi claramente que durante esta vuelta al mundo vamos a matar muchas horas sentados juntos. Jugando juntos. Riendo juntos. Y creo que el “no hacer nada” va a ser maravilloso. El “no hacer nada” va a marcar una nueva etapa de mi vida.

Lo divertido de esa escala no fueron solo los días pasados visitando paisajes bonitos o recibiendo visitas de la familia, las noches no estaban faltas de emociones. Al estar atracados justo delante de la puerta de una discoteca tematizada como la cueva de unos piratas pijos que al parecer era un templo asentado de los adolescentes de la zona, nuestras noches eran algo más que largas. Decenas de niños vestidos como gente mayor correteaban borrachos por el mismo muelle, que no tiene ninguna limitación para que los deambulantes no accedan a los mismos barcos, gritando, chillando y peleándose a escasos 50cm de nuestra proa.

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La primera noche no pasó nada especial, simplemente no dormimos en toda la noche. La segunda fue algo más divertida ya que los asistentes, acostumbrados ya de ver al Infinito formar parte de su paisaje, se volvieron más atrevidos tirando chapas sobre la proa, golpeando el balcón y demás travesuras que soportábamos con templanza. No obstante, toda paciencia tiene un límite. De golpe me desperté sobre las cuatro de la mañana, algo había hecho balancear el barco, me levanté de golpe y saqué medio cuerpo por la escotilla de proa, viendo a uno de los chavales sentado en nuestra proa. Aún medio dormido, cansado por el insomnio y totalmente irado por la reiteración de los molestos niñatos; pegué un grito que creo que no retení con suficiente empeño, de manera que hasta los ocupantes de tres terrazas más allá se giraron para ver que pasaba. El chaval pegó un brinco que lo hizo votar hasta el muelle donde sus amigos se reían de él sentados en un puñetero banco que teníamos justo en la proa y que, al parecer, era su lugar de reunión favorito.

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Después de esto, llamé por radio a los marineros y mandaron a un chico de seguridad para que la gente no se acercara a los barcos, a buenas horas… No fue distinto la siguiente noche, aunque esta vez los pillé instantes antes de que pusieran una mano en el balcón, así que el aviso fue suficiente para que no se repitiese la experiencia de la noche anterior. Con algo más aprendido de la experiencia, las dos noches siguientes dejamos el barco separado más de dos metros del muelle.

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Amainado un poco el temporal, logramos salir de esa ratonera rumbo a la Marina de Almerimar, a unas 15 millas de Aguadulce, donde nos estaban terminando unas colchonetas que habíamos pedido para la bañera, ya que hasta Agualuce nos quedamos como un cuatro. Una vez recogidas y montadas zarpamos en demanda del Estrecho de Gibraltar; sería nuestra última escala antes de llegar a Canarias.

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La mujer que nos hizo las colchonetas es una mujer que no deja indiferente a nadie. Le encargamos las colchonetas un viernes por la tarde, y nos las entregaba el lunes a primera hora. Dedicó el fin de semana a nuestras colchonetas. Y estoy segura de que les puso mucho cariño. Una mujer especial, con carácter. Había vivido a bordo de un barco de nuestra misma eslora con varios hijos, dos perros y un gato. Nos contó que un día cualquiera en su casa, en el camarote de proa sonaba flamenco, mientras en el salón sonaba rock y en la bañera pop… Me hubiese encantado compartir con ella un día de su vida a bordo de su barco. ¡Qué energía de mujer! Admirable. Nos despidió en el puerto de Almerimar con muchísimo cariño. Ella había navegado mucho, por lo que contaba. Yo creo que cuando nos despedía, se estaba viendo a ella misma años atrás reflejada en nosotros.

Tuvimos que navegar a motor durante aproximadamente 24h. (…)

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Uno de los espectáculos de la naturaleza más bonitos que he visto nunca fue en el Estrecho de Gibraltar. El mar estaba plano. Muy plano… Y de golpe vimos como se acercaba por la proa una corriente con algo de olas, bajitas, pero rompiendo ese plato. Y al frente de esa ola que tan claramente se veía llegar, una gran fila de delfines. Un montón de delfines jugando con esa primera ola… siguiéndola mientras rompía la calma. Increíble ver cómo juegan los delfines con el mar.

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(…) momento en el que estábamos a pocas millas de Punta Europa. De nuevo, tal y como estaba previsto, se levantó una brisa de levante que prometía una placentera salida del Mediterráneo, empujados por un viento suave. Tras pasar la Bahía de Algeciras y a todo el ajetreo de buques mercantes que entran y salen continuamente de la Bahía, así como los ferries que parecen gobernados automáticamente sobre su inquebrantable ruta, el viento arreció de golpe de 15 a 25 nudos, levantando una terrible ola en cuestión de diez minutos. De los 25 pasamos a los 30 nudos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos y de allí a los 40 ni siquiera nos enteramos.

Se montaron olas de cuatro a cinco metros, cortas como nunca las había visto con esa altura, el viento aullaba de tal manera que no oíamos nuestras voces, el mar se volvió blanco completamente y la cubierta se barría cada diez segundos con centenares de litros de agua, el horizonte desapareció, la costa la veíamos solamente estando en la cresta de la ola y mientras nos alcanzaban las enormes proas de mercantes levantando enormes bigotes, el timón de viento sorteaba las crestas y surfeaba las olas que podía, el flujo del agua era considerable, parecía que volábamos entre ola y ola mientras las crestas blancas parecían querer hacerse con nuestro barco. Pese a que la sensación era de navegar a unos 8/9 nudos, el GPS marcaba una SOG (velocidad sobre el fondo) de 2,5 nudos, así que allí estabamos, corriendo como locos en contra de una corriente entrante de narices. Horas después; cansados, empapados, hambrientos y acojonados por la ferocidad de la mar, salimos por fin de esa maldita corriente, pudiendo avanzar así rumbo SW.

Durante toda esa noche, el viento hacía de las suyas, soplando con fuerza aullante durante una hora y dejándonos después a la deriva durante otra hora, a merced de esa mar arbolada que no cesaba de ninguna manera.

En la lejanía, a unas cuatro millas a nuestra popa, veíamos otro velero que sorteaba el estrecho con la misma suerte que nosotros y conforme se hacía de noche, seguíamos sus luces para intentar adivinar cuál era su plan de navegación en tan apretada situación. A media noche, dormitando en cubierta y aún empapado por el cruce del estrecho, levanté un ojo y vi a la luz de la luna, un reflejo extraño en el agua, gradué el piloto para que orzara unos pocos grados y ver mejor así de qué se trataba.

Cuando conseguí enfocar la vista vi a un hombre en una pequeña embarcación de madera de unos 3 metros, estaba a la deriva con esa enorme mar de través, aunque parecía no importarle en exceso, agitaba al aire una especie de gorro de lana con los brazos extendidos, imagino que tratando de avisar de su presencia. No llevaba ninguna luz, nada reflectante, simplemente un gorro de lana que, en plena noche, parecía serle suficiente para avisar a quien se cruzara con su posición. Al parecer era un pescador Marroquí y ese era su lugar de pesca, a unas 20 millas del estrecho, con un levante de narices, solo, con una barca de 3 metros y sin ningún tipo de señalización. Esto es a lo que yo llamo “tener un par de huevos”. Y de no haber sido por la luna, lo hubiésemos enrolado forzosamente en nuestra aventura o algo peor.

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Sorteado el pescador, seguimos rumbo WSW. Al cabo de un par de horas, se acavaba de despertar Eugenia cuando, asomándose por la escotilla dijo: -¿Qué es esta luz roja que tenemos en la popa?- Me giré de golpe y ví al misterioso velero que había cruzado el estrecho a nuestra popa. Llevaba un rumbo W y al parecer nos había alcanzado. Pasó a unos veinte metros de nuestra popa, navegando solo con el génova a unos 7 nudos. No había nadie en cubierta, al parecer era un solitario que había decidido tomarse un descanso y por alguna razón no me había percatado de sus luces. Estuvimos navegando prácticamente en conserva durante unas horas hasta que cambiamos el rumbo a SSW, perdiéndose en el horizonte en pocos minutos. Era un barco de aluminio, de unos 13 metros de eslora, aparejado en cutter. Llevaba un aerogenerador D400 y un montón de electrónica encendida en la bañera.

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El día amaneció gris, ventoso,  con la ola bastante caótica y bastante distinta de lo que nos habían contado del Atlántico, navegábamos con el yankee atangonado y un rizo en la mayor, en orejas de burro. Durante el día Eugenia hizo buena parte de las guardias para que pudiese dormir, ya que en toda la noche no había pegado ojo tranquilo. Al parecer, durante ese rato volvió a aparecer el velero fantasma, también sin nadie en cubierta, cruzó nuestra proa rumbo la costa de Marruecos. Desde entonces, nunca más volvimos a verlo.

¡Y también hice guardia de noche! Esa primera noche de Atlántico para mi fue muy reflexiva. Bueno, yo nunca había navegado en el Atlático, y estar sola de noche en cubierta fue bastante mágico. Además, fue espectacular ver cómo Atlas es un gatazo. Esa noche estuvo toda la noche loco con los delfines. Fue increíble. Él dormía tranquilamente y de golpe se despertaba de un salto y iba corriendo a mirar por la borda al horizonte (en plena noche)… El perro detrás modo “¿Qué le pasa a este gato que de golpe da un brinco?”. Y unos minutos más tarde ahí los tenemos: delfines saltando al lado del barco, con ese sonido que emiten tan suyo. Y es que resulta que el gato los oye cuando todavía están lejos. ¡Escucha venir a los delfines a jugar con nosotros tres minutos antes de que lleguen! Navegar con animales es una liada, no lo niego. Pero es precioso.

Los días se sucedieron con el mismo patrón: dos horas después del orto del sol, el viento calmaba hasta los  20/25 nudos, a menos de que las nubes aún cubrieran el cielo,  en este caso se mantenían unos buenos 30 nudos. Durante el día, tanto el viento como el mar se hacían llevaderos, pese al incesante movimiento del Infinito que, asustado por tan grande océano, navegaba como camina un cojo; balanceándose de regala a regala. Paulatinamente el barco perdió el miedo a esas grandes olas que nos ocultaban el horizonte.

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Según el sol perdía altura la temperatura bajaba a una velocidad estrepitosa. Luego podíamos observar un fenómeno muy curioso y con la exactitud propia de un reloj suizo; tres minutos (ni uno más ni uno menos) después del ocaso del sol, una ola despistada barría la bañera del Infinito dejándonos completamente empapados, y ya sin posibilidad de secar nada, la noche se hacía ligeramente más divertida. Pasó esto los dos primeros días, hasta que el tercero aprendimos de nuestra falta de previsión, así que a partir de entonces, cenábamos pronto y cuando aún brillaba el sol -cercano al arco de horizonte- y pocos grados antes del pistoletazo de salida del festival de agua y viento; nos abrigábamos y nos poníamos la ropa de agua. El sol tocaba el horizonte como señal de salida de la carrera nocturna de los vientos. Primero la ola de siempre, un barrido de cubierta y a bailar.

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Tras esto, el viento arreciaba rápidamente hasta los 30/35 nudos. La ola, que si hasta el momento se hacía soportable, se montaba velozmente de los dos metros a los tres y medio, con alguna cabrona de algo más de cuatro metros, de las que aparecían entre seis y siete durante toda la noche. Todas con sonoras rompientes.

Tuvimos la suerte, ya que en realidad no tuvimos la sensatez de mirarlo, de que la luna estaba llena a media travesía, así que durante las noches despejadas podíamos ver las olas, la silueta de los mercantes y a los delfines jugar con sus destellos acuosos. No obstante, esto hubiera sido demasiado fácil; así que si algún día habíamos tenido abundante sol durante el día, el ocaso llevaba consigo el veloz avance de las nubes que venían del norte a la velocidad de un avión y nos acompañaban toda la maldita noche haciendo que una noche que debería ser luminosa y el agua plateada, se convirtiese en una absoluta y profunda oscuridad.Durante estas noches, que parecía que llevábamos los ojos vendados, no podíamos ver las grandes olas acercándose. Pero lo más abrumador, lo más fantástico, emocionante, escalofriante y salvaje, era que sí podíamos oírlas acercarse de lejos.

En algún libro, de algún loco navegante solitario que leí en mis años mozos (no recuerdo en cuál), quizá fue Moitessier, o Knox-Johnston; el autor decía: -Durante la noche podías saber cuándo te iba a alcanzar una ola porque la escuchabas acercarse como si fuera un tren de mercancías.- Ciertamente esta idea formaba parte de mi cajón de conceptos románticos sobre la navegación oceánica, esas cosas que quieres experimentar. Son como rumores que leemos o nos cuentan algunos, que al escucharlos dibujamos una leve sonrisa que significa claramente “Yo quiero eso, tío”. Pues bien, es exactamente eso. A menor escala por supuesto, ya que ellos lo escribieron en los mares del sur, con feroces olas de una decena de metros. Lo oyes, un zumbido como un susurro que se acerca, cada vez más fuerte, cada vez más agudo. Es como si te persiguiera una cascada. De hecho es así, ya que cuando el viento es fresco si las olas son suficientemente altas y relativamente cortas, el viento hace que en ciertos momentos, la cresta de la ola se derrumbe hacia sotavento, como una avalancha deslizándose por la ladera de una montaña, aumentando considerablemente su velocidad.

La “gracia” de oírlas venir, es que tienes cierto tiempo de reaccionar a una rompiente que amenaza en barrer la cubierta, de esta forma puedes maniobrar para llevar el barco hacia otra parte de la ola donde no haya rompiente o donde ésta sea menos agresiva.

Hubo una noche especialmente dura, en que no dejaron de soplar 35 nudos durante todas las horas de oscuridad. Pero no solo por el  viento, que se puede gobernar disminuyendo la superficie velica, sino por el caos que había con las olas: la mayoría de olas largas venían de popa aunque quedaba cierta mar de fondo de aleta y había cierto festival con algunas olas solitarias que nos amenazaban por el través de estribor. Pasé toda la noche despierto, con los ojos como naranjas intentando rapiñar la poca luz que había en la atmósfera para poder ver un poco mejor como se acercaban las olas que caían estrepitosamente sobre la cubierta de popa. A pesar de todo este alboroto, el Infinito parecía disfrutar de la ocasión. Solo con medio yankee atangonado y con los mamparos y muebles chirriando sin cesar, el barco surfeaba las olas a nueve nudos y medio: ¡un récord! Eugenia comentó el día siguiente que nunca había visto a nadie gobernar un barco durante tantas horas solo mirando hacia popa.

Esa noche fue la primera en que nos dimos cuenta de que algo no iba bien con el piloto de viento, fallaba constantemente. Precisamente, la noche en cuestión, la pasé enteramente con las manos en la caña, ya que durante la surfeada de alguna ola grande, el barco orzaba levemente pero el piloto no daba de sí para volver a rumbo, peligrando acabar de través a las olas, que en ese caso hubiera sido bastante indeseable. Así que cuando veía que esto pasaba, le ayudaba para seguir a rumbo. Parte de esto sucede a veces por culpa de las olas altas ya que la veleta del piloto queda a sotavento de la ola y al no recibir viento deja de actuar como tal. Al llegar pocos días después a La Graciosa, vimos que había ciertas piezas con mucho juego y las que se deformaron por el golpe en L’Ampolla habían cedido más, dando al conjunto una cuestionable robustez. Esperemos que tras sustituir todas las piezas y partes que se deformaron vuelva a funcionar correctamente. De no ser así tendremos que revisar la instalación y quizá intentar calibrarlo de manera diferente.

Así fue como se sucedieron los días hasta alcanzar las costas de las Afortunadas. Fue genial divisar por primera vez las islas. Nuestro amigo David, siempre que íbamos a Baleares decía: -Si te fijas, cuando vemos tierra todo el mundo se queda mirándola con los ojos achinados durante las horas que faltan por llegar, como si quisieren tirar de la isla con los ojos para que se acerque-. En esa ocasión recordé la frase con una sonrisa.

Yo creo que tuvimos una mala gestión de expectativas. Todo el mundo nos había dicho que una vez cruzado el Estrecho, el resto hasta llegar a canarias era un paseo. ¿Un paseo? Yo no se cómo pasea la gente por la vida, pero lo que tuvimos poco tenía que ver con un paseo. Por no hablar de quienes nos habían recomendado dejar todas nuestras prendas de abrigo en Barcelona “una vez crucéis el Estrecho, ¡darás la vuelta al mundo en Bikini!”. ¿En bikini? No sé cuantas capas nos pusimos cada noche encima, cuántas olas llegamos a superar, cuántos nudos de viento nos llegaron a apalizar, ¡cuantas millas cruzando los dedos para que el barco aguantase! Y aguantó. También me quedó claro que un barco está hecho para navegar. Y navega. Esté como esté el mar. Sople el viento que sople. El Infinito navega. Y el Capitán Gainza lo gobierna como nadie. ¡Y tanto que me voy a dar la vuelta al mundo con este capitán!

Pasamos unos días fantásticos en La Graciosa, un auténtico paraíso (el Caribe canario, como le llaman aquí. O también “el auténtico Caribe”, se atreven algunos). Atracamos en el encantador y ventoso puerto deportivo de Caleta de Sebo, que al parecer está siempre lleno y nunca hay disponibilidad de amarre, no obstante nosotros entramos sin reserva y nos dieron un atraque al momento. Sin lugar a dudas un sitio que visitar antes de morir. Días después zarpamos de nuevo rumbo sur para recalar finalmente en Marina Rubicón, Playa Blanca, donde llegamos acompañados de una abundante pesca que nos propició una estupenda cena de bienvenida a los cuatro.

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De esta forma, después de 1.354 millas desde nuestra partida de Barcelona, arribamos a Las Afortunadas con una sensación brutal. Habíamos acabado nuestra primera etapa, había sido frenéticamente emocionante y el barco se había portado genial. No obstante llegamos también con la libreta repleta de apuntes sobre mejoras que debíamos hacer para próximas etapas, maniobras, refuerzos, ciertos avances en pro de la comodidad… Y ya que nos quedaríamos en Lanzarote unos meses, tendíamos tiempo de mejorar todo aquello que habíamos podido probar sobradamente durante la travesía. Es curioso cuántas cosas aparecen como imprescindibles de hacer después de una navegación así, que ni siquiera te habías planteado en tierra durante la preparación del barco…

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Así que, aquí estamos: En Marina Rubicón, al sur de Lanzarote.

Y es bonito darnos cuenta de que el Infinito lleva a bordo una tripulación que todo lo aguanta. Unida, y con mucha mucha ilusión.

¡Seguiremos próximamente con nuevas aventuras!

¡Buena proa!

11 comentarios

  1. Apreciados ” cuatro ” solo quiero agradecer la respuesta a mi correo, y deciros que jamas dudeis en acudir a nosotros para cualquier cosa que preciseis.
    !disfrutarlo !, yo gracias a D. lo he vivido durante años ( aunque no con tanta travesia ) y la verdad es que no existe nada mejor que aquellos atardeceres vividos desde la popa de un barco, con una buena copa en la mano, un amigo ( a ) y verlas pasar

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  2. Felicidades ALEIX y Compañia, incluido el buen amigo TRITON, siento no haberme podido despedir de ti y desearte una muy buena travesia, no dudes que os seguiremos de cerca, Un fuerte abrazo para los cuatro
    soy Eduardo el tio de Pp

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  3. Os he encontrado por casualidad y estoy disfrutando con la lectura.
    Navegamos en la zona de Cambrils y en verano hacemos alguna travesia, nada que ver con la vuestra, pero tambien con dos tripulantes perrunos en un 28 pies, disfrutan muchisimo y nos contagian, una vez embarcados ya no quieren bajar. Es posible que en la proxima incluso nos acompañe Curro, el loro, aunque vamos un poco cortos de espacio.
    Igual nos podemos oir en HF, en el barco llevo una pequeña instalacion, pero en casa tengo una buena estacion antena con licencia de radioaficionado y bastante cacharreo incluso un receptor AIS que sube los datos a marinetraffic
    Espero poder ir siguiendo vuestra aventura, a los demas nos permite soñar y sonreir.
    Un saludo, animo suerte y si algun dia nos podemos oir desde casa mejor que mejor.

    Bon vent, avant.

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  4. Estupendo blog y maravillosa aventura que algunos aún acariciamos.
    Gracias por compartirla.
    Yo hice en el 2013 La Línea Las Palmas en un 54′ en cuatro días, de los cuales tres fueron de motor y en el último algo de viento y un modesto chubasco.
    Buena proa desde el Sur del sur, La Línea, next to Gibraltar.
    Por cierto, me encanta el gato. Tengo una igual. Se llama Wilfred, aunque le decimo Wiffi, y no pierde la ocasión de dormir encima de mi.
    Buen estilo literario.Enhorabuena.

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  5. Chicos! espectacular travesía. Llegué un poco de casualidad al viaje del Infinito, y me dieron ganas de seguir acompañándolos desde tierra.
    Me trae recuerdos muy lindos de mis de travesías en veleros por Europa y el cruce del Atlántico… espero verlos por Argentina!
    Buenos vientos!!!!
    Yesica_

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